Ya está. Terminó. Acababa por fin de poner el último nombre de esa lista improvisada. Ya iba a poder responder con exactitud a la mítica pregunta. No la había hecho por fardar, ni había sido algo premeditado, pero la conversación con su amigo le sugirió tal idea. Al fin y al cabo, tampoco estaba mal hacer una lista de todas las mujeres a las que se había follado, si solo la iba a ver él y nadie más. Y que coño, nunca viene mal tener clara esa cifra en una noche de borrachera en la casa de un amigo. En realidad era culpa de los putos deberes de matemáticas. No había quien se concentrase con ellos.
Volvió a mirar la lista de nombres, ahí, puestos en columna, rodeados por un montón de cuentas e integrales, erroneas todas ellas. Empezó a leerla, asimilandola un poquito más. La verdad es que no era muy larga. Era normal. Incluso le gustaría que fuera algo más corta, total, de algunas no se acordaba ni intentandolo, y de otras, mejor no acordarse. Ahora, otras estaban bien, joder, no hay que pasarse.
Pero algo le llamó la atención. Había un nombre que destacaba sobre los demás. No había puesto cuidado en la escritura de ninguno, casi ni miraba al papel mientras hacía la lista, solo recordaba, y su mano, se movía. No entendia, entonces, el por qué de las diferencias en ese nombre. O quizás sí.
Lilian. Ahi estaba, limpio, recto, y sobretodo, con la primera letra en mayúscula. Era el único que tenía la primera letra mayúscula. Siempre hacía lo mismo. En listas, en examenes de geografía, y similares, por alguna extraña razón, siempre se le olvidaba poner la mayúscula al principio. Le pasaba en todo lo que no fueran escritos. Siempre. Menos esta vez. Lilian. No podia ser otra. Se acordó de algo que decía su profesor de primaria "Pepe va con mayúscula, porque no es un burro". Que gilipollez. Pero le sirvió para aprenderselo bien en su momento. No sabía porque le venía esa frase a la cabeza.
Lilian. No era bueno acordarse de ella ahora. No era su intención. El inconsciente, tan sincero como siempre, le había jugado una mala pasada, pero él, que era muy listo, se hizo el tonto, y siguió haciendo cuentas.
Volvió a hacer una integral, esa que rodeaba la famosa lista, y que tantas veces había repetido. Tardó 20 minutos, pero, por fin, llegó a un resultado, y tenía buena pinta. Lo cotejó con el resultado dado por el profesor. Mal. Otra vez mal. No había hecho una sola cuenta bien en las 5 horas que llevaba ahí plantado. O eso le parecía a él. Era pronto todavia, pero no merecía la pena, asi que decidió recoger, y dormirse. Prefería suspender despierto y tranquilo, que dormido y de mala hostia.
Recogió todo. Echó un último vistazo antes de dormirse. ¿Tenia todo? Malo sería que no hubiera guardado el DNI en la mochila. Mientras revisaba, volvió a ver su lista, ahí, sola, encima de la mesa. La guardó con cariño en cierto cajón, y tranquilo, se acostó.
No tenia muy claro por qué guardaba eso, pero le gustaba. Le hizo sentir seguro, a salvo. Lilian. Hacía mucho tiempo de eso ya. Respiró hondo. Lilian. "Mierda", pensó. Se le acaba de olvidar a cuantas se había follado. ¿Eran catorce? ¿Dieciseis? Mañana lo miraría otra vez. O mejor no. Así es más bonito...
miércoles, 19 de mayo de 2010
miércoles, 12 de mayo de 2010
Sentido
Hoy he llegado a la conclusión de que soy totalmente superficial. Superficial a todas luces, con todas las letras de la palabra. Ni "lo importante es lo de dentro", ni poyadas de esas, todo eso es mentira. Llámame superficial de mierda si quieres, sí. Pero no es culpa mía.
Siempre lo había sospechado, pero hoy por fin me he convencido de ello. Y el caso es que, he tardado demasiado en darme cuenta, aun a pesar de que mi superficialidad era lo que me daba razones para levantarme de la cama todos estos años. Me daba razones para seguir, para mejorar, para vivir. De la razón de mi superficialidad se extrapolaba el sentido que yo le he dado a mi vida todo este tiempo. Y hasta hoy no lo he descubierto, pese a vivir con respecto a ello.
Y vale, he tardado mucho, pero en realidad, no habría sido dificil verlo, si me hubiera fijado más atentamente antes. La respuesta al por qué, simplemente estaba ahí, delante de mis narices, presente en el dia a día, y yo, como un imbecil, no supe verla, leerla, interpretarla, ni aprenderla, pero solo el mero eco de la misma ya era suficiente como para darme un poquito de sabiduría, a pesar de mi tremenda ignorancia, y seguir animandome a buscarla.
Y ha sido culpa tuya. Como siempre. Tantas veces he hablado de ti, y tantas veces te he despreciado sin darme cuenta. Pero una vez más, has sido tú.
Es como si la belleza del mundo se canalizara a través de ti y de cada uno de tus gestos. Es como si todos esos conceptos bonitos que no vemos, los del bien, la felicidad, la bondad, y demás, se hicieran realidad en ti, como si fueras la imagen que hace palpable el recuerdo, el video de una historia, la prueba de un hecho. Eres la verdad que confirma una realidad mucho más grande, y, sin embargo, tú, en tu singularidad, eres mucho más valiosa que todo eso que representas, al ser tú su principio y su final, la prueba de su veracidad, el sentido de aquello de lo que tu eres bandera.
Y lo mejor de todo, es que no puedes evitar serlo. No lo haces a propósito, ni posiblemente podrías dejar de hacerlo aunque quisieras. Simplemente lo eres, porque lo eres. Eres algo tan grande que tú misma eres el sentido de tu propia existencia. Como lo es la vida. Como lo debería ser el hombre. Por esto, eres incorrompible, irrefutable, innegable e incuestionable. O al menos, lo es lo que tu expresas, lo que transformas en hechos, lo que en ti se convierte en carne.
Y no puedes evitarlo. No puedes evitar expresar todo eso. Para saberlo basta con observar tu simple sonrisa de niña pequeña, tan ingenua por su sinceridad. O cada postura que pones, como cuando tienes frío, y te encoges. O cada gesto que haces cuando interpretas, cuentas, o explicas. Cada mirada a los ojos, como casi sin darle importancia. Como tu actitud, pausada, triste, jovial cuando quieres. Como tu.
Basta con observarte. Cada aspecto de ti es pura plasticidad. Es la acción de la belleza, y no solo sus palabras. Eres todo eso. Y estabas delante mío todo este tiempo, poniendomelo fácil, pero quizá yo no estaba preparado para verte. Quizá no estaba preparado para apreciarte. Pero ahora sé lo que busco. Sé que existes, y sé que mereces la pena. Aunque sea solo para observarte, merece la pena levantarse de la cama cada día, cada mañana.
La belleza es el sentido, y por ello, tú, eres el mío. Llámame superficial, si quieres.
Siempre lo había sospechado, pero hoy por fin me he convencido de ello. Y el caso es que, he tardado demasiado en darme cuenta, aun a pesar de que mi superficialidad era lo que me daba razones para levantarme de la cama todos estos años. Me daba razones para seguir, para mejorar, para vivir. De la razón de mi superficialidad se extrapolaba el sentido que yo le he dado a mi vida todo este tiempo. Y hasta hoy no lo he descubierto, pese a vivir con respecto a ello.
Y vale, he tardado mucho, pero en realidad, no habría sido dificil verlo, si me hubiera fijado más atentamente antes. La respuesta al por qué, simplemente estaba ahí, delante de mis narices, presente en el dia a día, y yo, como un imbecil, no supe verla, leerla, interpretarla, ni aprenderla, pero solo el mero eco de la misma ya era suficiente como para darme un poquito de sabiduría, a pesar de mi tremenda ignorancia, y seguir animandome a buscarla.
Y ha sido culpa tuya. Como siempre. Tantas veces he hablado de ti, y tantas veces te he despreciado sin darme cuenta. Pero una vez más, has sido tú.
Es como si la belleza del mundo se canalizara a través de ti y de cada uno de tus gestos. Es como si todos esos conceptos bonitos que no vemos, los del bien, la felicidad, la bondad, y demás, se hicieran realidad en ti, como si fueras la imagen que hace palpable el recuerdo, el video de una historia, la prueba de un hecho. Eres la verdad que confirma una realidad mucho más grande, y, sin embargo, tú, en tu singularidad, eres mucho más valiosa que todo eso que representas, al ser tú su principio y su final, la prueba de su veracidad, el sentido de aquello de lo que tu eres bandera.
Y lo mejor de todo, es que no puedes evitar serlo. No lo haces a propósito, ni posiblemente podrías dejar de hacerlo aunque quisieras. Simplemente lo eres, porque lo eres. Eres algo tan grande que tú misma eres el sentido de tu propia existencia. Como lo es la vida. Como lo debería ser el hombre. Por esto, eres incorrompible, irrefutable, innegable e incuestionable. O al menos, lo es lo que tu expresas, lo que transformas en hechos, lo que en ti se convierte en carne.
Y no puedes evitarlo. No puedes evitar expresar todo eso. Para saberlo basta con observar tu simple sonrisa de niña pequeña, tan ingenua por su sinceridad. O cada postura que pones, como cuando tienes frío, y te encoges. O cada gesto que haces cuando interpretas, cuentas, o explicas. Cada mirada a los ojos, como casi sin darle importancia. Como tu actitud, pausada, triste, jovial cuando quieres. Como tu.
Basta con observarte. Cada aspecto de ti es pura plasticidad. Es la acción de la belleza, y no solo sus palabras. Eres todo eso. Y estabas delante mío todo este tiempo, poniendomelo fácil, pero quizá yo no estaba preparado para verte. Quizá no estaba preparado para apreciarte. Pero ahora sé lo que busco. Sé que existes, y sé que mereces la pena. Aunque sea solo para observarte, merece la pena levantarse de la cama cada día, cada mañana.
La belleza es el sentido, y por ello, tú, eres el mío. Llámame superficial, si quieres.
lunes, 3 de mayo de 2010
Calor
Nada más entrar le acarició una sensación de calor reparadora, extremadamente agradable. Era un calor conocido, envolvente, suave, casi cariñoso. Podia notar como le recorría cada parte de su cuerpo hasta encontrarse enteramente sumergido en él.
Atrás quedaba el frío de la calle, la pesadumbre de las travesías grises de la ciudad que ese día había recorrido las suficientes veces como para no saber encontrarlas un mísero adjetivo bonito. Atrás quedaba ese viento cortante que juega a congelarte el alma, esa rapidez del dia a dia tan intimidante por su sin sentido, ese sentimiento de incomodidad perpetuo típico de los días precedidos por una muy mala noche.
No habia sido un dia malo, solo un dia duro. Un dia necesario, y duro. Pero ese día duro, se había quedado atrás, fuera, al otro lado de la puerta. Ahora solo habia calor.
Ya no le pesaba cada paso que daba. De hecho, ya no le pesaba nada. Se fue desvistiendo mientras avanzaba hacia su habitación. Era tarde ya, y apenas entraba luz por la ventana. Apretó el interruptor. La despertó. Se fijó en ella mientras se daba la vuelta hacia el armario para colocar su ropa. Allí estaba, tumbada, medio despeinada después de tres horas durmiendo, con un ojo abierto y media sonrisa en la boca después de haberle reconocido, a la vez que se estiraba, rodando como una croqueta por la cama. Preciosa.
Sentía una tranquilidad infinita. Se moría por meterse ya a la cama, pero sabía que tenía tiempo de sobra para hacerlo, asi que se lo tomó con calma. Ahora no había lugar para la ansiedad. Nada se iba a mover de su sitio. Colocó la ropa, y se puso una camiseta fina, cómoda. Apartó la sábana y se acostó, mientras la observaba. Ella tenía los ojos cerrados, pero seguía despierta, buscándole con su cuerpo, como dejando un hueco a su lado que pedía ser ocupado.
La acarició suavemente la mejilla y la besó con delicadeza. Ella apenas le devolvió el beso, ya con la luz apagada, y cada vez más dormida. Él se acurrucó en ella, la apretó contra si mismo, y se termino de recostar en su pecho. Ella le puso la mano en la nuca, casi como si de un animalillo se tratase.
¿Como podía oler alguien tan bien? Siempre se lo preguntaba. En otras condiciones, habria querido hacerle el amor, y lo hubiera intentado, recibiendo probablemente una negativa cariñosa por la otra parte, pero hoy estaba demasiado cansado como para intentar decirla que la quería de la manera mas sincera que él conocía.
Volvió a sentir ese calor familiar que antes le había parecido reconocer al entrar en la casa. Ahora le había calado completamente, y lo llevaba dentro. No podía ser mas reconfortante. Era un calor que le daba sentido a lo anterior. Ya no le parecía que había vivido un día duro, solo, que había vivido. Y eso estaba genial. Ahora, lo estaba.
Sonrió, la dio un beso donde la curvatura de su pecho empezaba a ser obscena, y simplemente empezó a dormirse...
Atrás quedaba el frío de la calle, la pesadumbre de las travesías grises de la ciudad que ese día había recorrido las suficientes veces como para no saber encontrarlas un mísero adjetivo bonito. Atrás quedaba ese viento cortante que juega a congelarte el alma, esa rapidez del dia a dia tan intimidante por su sin sentido, ese sentimiento de incomodidad perpetuo típico de los días precedidos por una muy mala noche.
No habia sido un dia malo, solo un dia duro. Un dia necesario, y duro. Pero ese día duro, se había quedado atrás, fuera, al otro lado de la puerta. Ahora solo habia calor.
Ya no le pesaba cada paso que daba. De hecho, ya no le pesaba nada. Se fue desvistiendo mientras avanzaba hacia su habitación. Era tarde ya, y apenas entraba luz por la ventana. Apretó el interruptor. La despertó. Se fijó en ella mientras se daba la vuelta hacia el armario para colocar su ropa. Allí estaba, tumbada, medio despeinada después de tres horas durmiendo, con un ojo abierto y media sonrisa en la boca después de haberle reconocido, a la vez que se estiraba, rodando como una croqueta por la cama. Preciosa.
Sentía una tranquilidad infinita. Se moría por meterse ya a la cama, pero sabía que tenía tiempo de sobra para hacerlo, asi que se lo tomó con calma. Ahora no había lugar para la ansiedad. Nada se iba a mover de su sitio. Colocó la ropa, y se puso una camiseta fina, cómoda. Apartó la sábana y se acostó, mientras la observaba. Ella tenía los ojos cerrados, pero seguía despierta, buscándole con su cuerpo, como dejando un hueco a su lado que pedía ser ocupado.
La acarició suavemente la mejilla y la besó con delicadeza. Ella apenas le devolvió el beso, ya con la luz apagada, y cada vez más dormida. Él se acurrucó en ella, la apretó contra si mismo, y se termino de recostar en su pecho. Ella le puso la mano en la nuca, casi como si de un animalillo se tratase.
¿Como podía oler alguien tan bien? Siempre se lo preguntaba. En otras condiciones, habria querido hacerle el amor, y lo hubiera intentado, recibiendo probablemente una negativa cariñosa por la otra parte, pero hoy estaba demasiado cansado como para intentar decirla que la quería de la manera mas sincera que él conocía.
Volvió a sentir ese calor familiar que antes le había parecido reconocer al entrar en la casa. Ahora le había calado completamente, y lo llevaba dentro. No podía ser mas reconfortante. Era un calor que le daba sentido a lo anterior. Ya no le parecía que había vivido un día duro, solo, que había vivido. Y eso estaba genial. Ahora, lo estaba.
Sonrió, la dio un beso donde la curvatura de su pecho empezaba a ser obscena, y simplemente empezó a dormirse...
miércoles, 28 de abril de 2010
Ingenua felicidad
No necesitaba saber que era alguien vulgar. ¿Que bien le puede hacer a alguien descubrir su propia vulgaridad?
Esta bien conocer las limitaciones de uno, los fallos, o los defectos, siempre que el conocimiento de estos aporte algo util. Esta bien conocerlos, para aceptarlos, y crecer como persona, y todo ese rollo, pero hay cosas, que es mejor no saber, porque simplemente, no se pueden aceptar.
No querría enterarme nunca de que el número ganador del euromillón se correspondía con el boleto que perdi 3 dias antes del sorteo. No me haría ningún bien que viniese un puto hada y me dijera que si en vez de negarme, hubiera ido a aquella fiesta, habria conocido a una chica famosa, preciosa, y forrada, que me hubiera hecho feliz el resto de mi vida. Mierda, ni si quiera me apetece oir lo extremadamente bien que se lo pasaron mis amigos ayer cuando salieron por la noche mientras yo me quedaba en casa porque estaba aburridamente cansado.
Pero, de este tipo de cosas, simplemente te acabas enterando. Aunque no quieras. Tampoco quería saber que habia algo mucho mejor mas allá de todo lo que yo conocía. No pedí darme cuenta de que mi concepto de felicidad habia sido tan conformista a lo largo de tanto tiempo. No quería descubrir lo parco que resultaba el diccionario si pretendías sacar de él adjetivos que describieran tu belleza.Nunca pretendí descubrir nada de esto, lo prometo.
Pero viniste tú, y me lo enseñaste. Y ahora, soy como ese niño pequeño, que antes estaba tranquilo, pero que, de repente, ve el camión de sus sueños paseando por la zona de juguetes del Corte Inglés, y no para de patalear y llorar para que sus padres se lo compren, porque no puede hacer otra cosa para conseguirlo.
Yo soy como ese niño pequeño. Llevo mucho tiempo pataleando, y llorando sin sentido. Porque te quiero desde que te ví. Te quiero de una manera irracional. Te quiero de una manera visceral, trascendente, existencial, y todos los adjetivos ridículos y sin sentido que le quieras poner detrás. Y además, te quiero para mí solo. Te quiero de la manera más egoísta que te puedas imaginar. No quiero verte feliz junto a otro, quiero verte feliz junto a mi.
Y aunque ya me he cansado de patalear y de llorar, yo, como ese niño pequeño, tampoco puedo hacer otra cosa.
Esta bien conocer las limitaciones de uno, los fallos, o los defectos, siempre que el conocimiento de estos aporte algo util. Esta bien conocerlos, para aceptarlos, y crecer como persona, y todo ese rollo, pero hay cosas, que es mejor no saber, porque simplemente, no se pueden aceptar.
No querría enterarme nunca de que el número ganador del euromillón se correspondía con el boleto que perdi 3 dias antes del sorteo. No me haría ningún bien que viniese un puto hada y me dijera que si en vez de negarme, hubiera ido a aquella fiesta, habria conocido a una chica famosa, preciosa, y forrada, que me hubiera hecho feliz el resto de mi vida. Mierda, ni si quiera me apetece oir lo extremadamente bien que se lo pasaron mis amigos ayer cuando salieron por la noche mientras yo me quedaba en casa porque estaba aburridamente cansado.
Pero, de este tipo de cosas, simplemente te acabas enterando. Aunque no quieras. Tampoco quería saber que habia algo mucho mejor mas allá de todo lo que yo conocía. No pedí darme cuenta de que mi concepto de felicidad habia sido tan conformista a lo largo de tanto tiempo. No quería descubrir lo parco que resultaba el diccionario si pretendías sacar de él adjetivos que describieran tu belleza.Nunca pretendí descubrir nada de esto, lo prometo.
Pero viniste tú, y me lo enseñaste. Y ahora, soy como ese niño pequeño, que antes estaba tranquilo, pero que, de repente, ve el camión de sus sueños paseando por la zona de juguetes del Corte Inglés, y no para de patalear y llorar para que sus padres se lo compren, porque no puede hacer otra cosa para conseguirlo.
Yo soy como ese niño pequeño. Llevo mucho tiempo pataleando, y llorando sin sentido. Porque te quiero desde que te ví. Te quiero de una manera irracional. Te quiero de una manera visceral, trascendente, existencial, y todos los adjetivos ridículos y sin sentido que le quieras poner detrás. Y además, te quiero para mí solo. Te quiero de la manera más egoísta que te puedas imaginar. No quiero verte feliz junto a otro, quiero verte feliz junto a mi.
Y aunque ya me he cansado de patalear y de llorar, yo, como ese niño pequeño, tampoco puedo hacer otra cosa.
lunes, 26 de abril de 2010
Vísceras
Me levanté. Apoyé mis manos sobre el mismo banco, y me levanté. Una hora antes, algo tan sencillo como levantarme de aquel simple banco, se me antojaba imposible, me parecía ridículo. Una hora antes, cuando el mundo se me había echado encima, creía que moriría ahí. Creía que no sería capaz de soportar la vergüenza y el dolor que me supondría el levantar la cabeza de entre mis piernas, y abrir los ojos. Una hora antes solo existíamos ese banco, y yo. Pero eso era una hora antes.
Después, se me pasó. Simplemente me levanté de aquel banco, y comencé a andar. Al principio, mirando al frente, mirando a nada en especial. Sentía una extraña sensación de paz, de tranquilidad. Algo parecido a esa calma que siente el que no tiene nada más que perder. El que no puede sufrir más. Andaba como si me acabaran de dar una paliza de muerte, de estas que te marcan la cara y te hacen sangrar aparatosamente, y que, cuando acaban, te hacen sentir bien como pocas veces te has sentido en tu vida, cuando por fin puedes notar, en calma, el áspero y frío roce del suelo contra tu mejilla. Andaba como si hubiera acabado de sufrir la derrota mas ineludible que te puedas imaginar, ese tipo de derrota que se ríe a carcajadas de todo el esfuerzo que pusiste para intentar, ingenuamente, evitarla. Andaba sin ninguna esperanza, sin ninguna expectativa. Simplemente andaba. Y estaba bien. Podría haber andado durante horas.
Noté un par de gotas sobre mi cabeza. Era curioso, no habia reparado en lo oscuro del ambiente, en que habia dejado de hacer sol. Era irónico. Era gracioso. Comenzó a llover, pero seguí con el mismo paso tranquilo de antes. Me gustaba la lluvia. Estaba cómodo. Daba igual que pensaran los demás, ahora daba igual, no me fije ni en uno solo de ellos, al contrario de otras veces, cuando sus miradas me reprimían y me ataban. Pero ahora no. Ahora estaba cómodo.
Seguí mi camino hasta el metro. Me dejé llevar todo lo posible por las escaleras mecánicas hasta el andén, y me senté en un banco de piedra, en uno que todavia estaba vacío. Por primera vez en todo mi camino, miré a la gente. Mirar, solo eso, nada más. Simplemente mirar.
Y estaba bien. Hasta que algo amenazó mi tranquilidad. Empecé a sentir asco. Un asco profundo, un asco que aumentaba cuanto más me fijaba en él. La ropa, la postura, la música alta del movil, pero sobretodo su mirada. Me estaba mirando fijamente, amenazante, intentando intimidar, intentando infundir miedo. Me daba un asco indescriptible. Que coño se puede tener en la cabeza para ir por ahí con la única meta de infundir miedo a los demás, de interrumpir su calma, de joder, de hacer el mal, de marcar el puto territorio como si de un puto perro se tratase. En que mierda debe de estar pensando cada vez que hace algo así, en que mierda piensa cada vez que desprecia a cualquier concepto bonito de este puto mundo con su mera existencia. Me encantaría meterme en ese cubo de basura que tienen por cabeza y experimentar por unos segundos lo que les lleva a actuar de esa manera tan repugnante.
Su mirada me reventaba. En otras ocasiones, habría conseguido su propósito, pero ahora no. Hoy no. Hoy simplemente me reventaba. Yo estaba bien, ¿por que tiene que venir él a cambiar eso? No sabe con quien se mete. Algun día se topará con un loco que le tire a las vias del metro. Quizá ese loco pueda ser yo. Estaría bien. Volvería a estar bien. Tirar a ese gilipollas a las vías del metro. Le haría un favor al mundo. Me encantaría tirarle.
El gilipollas apartó la mirada, a la vez que aspiraba los mocos, haciendo un gesto de tipo duro. Menudo tipo duro de mierda. Pero que te puedes esperar de un tío que se compra las camisetas con brillantes de la sección de mujer.
Por fin, el metro llegó. Volvia a estar bien. Me quedé de pie, en el fondo, apoyado en la pared. Dos paradas más tarde, decidí sentarme en el suelo. Desde ahi, reparé en una chica. Me llamó la atención poderosamente.
Era tremendamente fea. Tendría apenas 18 años. Estaba gorda, pero gorda de verdad, de esas gordas que no dan lugar a ambigüedades a la hora de usar un adjetivo sobre su peso. Gorda, como poco. Llevaba unas gafas a medio camino entre culo de vaso y gafas de abuela que no le favorecian nada a sus ojos extremadamente pequeños y separados. Tampoco su nariz estrecha y con aspecto de estar mal acabada al final le hacía ningún favor, pero lo peor era su boca. Su boca, con dientes medio amarillos, y alargados como si de las teclas de un piano desgastado se tratasen, era lo que la mataba definitivamente. Esa boca que hacía de su cara una eterna y perpetua mueca que no inspiraba más que estupidez y fealdad a cada segundo que era observada. Si, lo peor era la boca.
Se me empezaron a revolver las tripas. Dios. Que haría yo si naciese así. Que hace nadie cuando nace así de mal. La chica se debería suicidar. Quizá reviva, y nazca con otro cuerpo, y pueda disfrutar antes de una segunda oportunidad. No sé, yo es lo que haría. Es una posibilidad remota, pero hay que intentarlo. Cuando naces así, no hay más.
Ese día me fui a la cama dándole vueltas al tema. Imáginate por un momento que naces así. Que nada más nacer ya estas muerto. Ya eres mierda. Joder, yo si fuese asi de feo, me suicidaría. O eso pensé en ese momento, mientras, simplemente, cerraba los ojos, y me dormía, solo me dormía...
Después, se me pasó. Simplemente me levanté de aquel banco, y comencé a andar. Al principio, mirando al frente, mirando a nada en especial. Sentía una extraña sensación de paz, de tranquilidad. Algo parecido a esa calma que siente el que no tiene nada más que perder. El que no puede sufrir más. Andaba como si me acabaran de dar una paliza de muerte, de estas que te marcan la cara y te hacen sangrar aparatosamente, y que, cuando acaban, te hacen sentir bien como pocas veces te has sentido en tu vida, cuando por fin puedes notar, en calma, el áspero y frío roce del suelo contra tu mejilla. Andaba como si hubiera acabado de sufrir la derrota mas ineludible que te puedas imaginar, ese tipo de derrota que se ríe a carcajadas de todo el esfuerzo que pusiste para intentar, ingenuamente, evitarla. Andaba sin ninguna esperanza, sin ninguna expectativa. Simplemente andaba. Y estaba bien. Podría haber andado durante horas.
Noté un par de gotas sobre mi cabeza. Era curioso, no habia reparado en lo oscuro del ambiente, en que habia dejado de hacer sol. Era irónico. Era gracioso. Comenzó a llover, pero seguí con el mismo paso tranquilo de antes. Me gustaba la lluvia. Estaba cómodo. Daba igual que pensaran los demás, ahora daba igual, no me fije ni en uno solo de ellos, al contrario de otras veces, cuando sus miradas me reprimían y me ataban. Pero ahora no. Ahora estaba cómodo.
Seguí mi camino hasta el metro. Me dejé llevar todo lo posible por las escaleras mecánicas hasta el andén, y me senté en un banco de piedra, en uno que todavia estaba vacío. Por primera vez en todo mi camino, miré a la gente. Mirar, solo eso, nada más. Simplemente mirar.
Y estaba bien. Hasta que algo amenazó mi tranquilidad. Empecé a sentir asco. Un asco profundo, un asco que aumentaba cuanto más me fijaba en él. La ropa, la postura, la música alta del movil, pero sobretodo su mirada. Me estaba mirando fijamente, amenazante, intentando intimidar, intentando infundir miedo. Me daba un asco indescriptible. Que coño se puede tener en la cabeza para ir por ahí con la única meta de infundir miedo a los demás, de interrumpir su calma, de joder, de hacer el mal, de marcar el puto territorio como si de un puto perro se tratase. En que mierda debe de estar pensando cada vez que hace algo así, en que mierda piensa cada vez que desprecia a cualquier concepto bonito de este puto mundo con su mera existencia. Me encantaría meterme en ese cubo de basura que tienen por cabeza y experimentar por unos segundos lo que les lleva a actuar de esa manera tan repugnante.
Su mirada me reventaba. En otras ocasiones, habría conseguido su propósito, pero ahora no. Hoy no. Hoy simplemente me reventaba. Yo estaba bien, ¿por que tiene que venir él a cambiar eso? No sabe con quien se mete. Algun día se topará con un loco que le tire a las vias del metro. Quizá ese loco pueda ser yo. Estaría bien. Volvería a estar bien. Tirar a ese gilipollas a las vías del metro. Le haría un favor al mundo. Me encantaría tirarle.
El gilipollas apartó la mirada, a la vez que aspiraba los mocos, haciendo un gesto de tipo duro. Menudo tipo duro de mierda. Pero que te puedes esperar de un tío que se compra las camisetas con brillantes de la sección de mujer.
Por fin, el metro llegó. Volvia a estar bien. Me quedé de pie, en el fondo, apoyado en la pared. Dos paradas más tarde, decidí sentarme en el suelo. Desde ahi, reparé en una chica. Me llamó la atención poderosamente.
Era tremendamente fea. Tendría apenas 18 años. Estaba gorda, pero gorda de verdad, de esas gordas que no dan lugar a ambigüedades a la hora de usar un adjetivo sobre su peso. Gorda, como poco. Llevaba unas gafas a medio camino entre culo de vaso y gafas de abuela que no le favorecian nada a sus ojos extremadamente pequeños y separados. Tampoco su nariz estrecha y con aspecto de estar mal acabada al final le hacía ningún favor, pero lo peor era su boca. Su boca, con dientes medio amarillos, y alargados como si de las teclas de un piano desgastado se tratasen, era lo que la mataba definitivamente. Esa boca que hacía de su cara una eterna y perpetua mueca que no inspiraba más que estupidez y fealdad a cada segundo que era observada. Si, lo peor era la boca.
Se me empezaron a revolver las tripas. Dios. Que haría yo si naciese así. Que hace nadie cuando nace así de mal. La chica se debería suicidar. Quizá reviva, y nazca con otro cuerpo, y pueda disfrutar antes de una segunda oportunidad. No sé, yo es lo que haría. Es una posibilidad remota, pero hay que intentarlo. Cuando naces así, no hay más.
Ese día me fui a la cama dándole vueltas al tema. Imáginate por un momento que naces así. Que nada más nacer ya estas muerto. Ya eres mierda. Joder, yo si fuese asi de feo, me suicidaría. O eso pensé en ese momento, mientras, simplemente, cerraba los ojos, y me dormía, solo me dormía...
miércoles, 21 de abril de 2010
Detrás de la puerta
Lo confieso. No he dejado de hacerlo. Siempre a escondidas, cuando nadie me ve, lo he seguido haciendo todo este tiempo. Todos y cada uno de los días de todos estos años, sin excepción.
Lo sé, es terrible. Por eso me escondo, lo oculto. Que pensarían si me vieran haciendo tal aberración. Quién se lo podría imaginar. Quién me podría comprender. Quien me podría aceptar, quién me podría no juzgar.
Nadie. Es imposible. Es de esas cosas que solo te atreves a hacer cuando tienes la certeza de que nadie te ve, cuando tienes la puerta cerrada, con el pestillo echado, y estás solo en casa. Porque de otra manera, si te pillaran, sería demasiado vergonzoso. Es algo tan deleznable, que ni siquiera lo dices en alto, porque si te lo callas, parece menos real, parece que no existe, que no ocurre, que no pasa. Solo oírlo, aunque sea de tu propia voz, te ruborizaria, y te asquearía. Pero en el silencio, en la oscuridad, se hace más llevadero, se diluye. Parece que si no lo dices, nunca ha pasado.
Y piensas, que quizás, si lo dejás ahí mucho tiempo, un día, por arte de magia, dejará de ser real de verdad. Desaparecerá. Se te olvidará. Y dejarás de hacerlo. Y dejarás de atormentarte por ello.
Pero nada más lejos de la realidad. Es como meterse completamente debajo de las sábanas cuando creemos que hay un monstruo en la habitación. Es como montar una fiesta de máscaras habiendo un asesino en serie suelto por el típico instituto americano de las pelis. Es algo como eso. Es algo ridículo. Solo que en este caso, es peor. En este caso, el monstruo, es de verdad. En este caso existe. Y, si le das la espalda, te aseguro, que te comerá.
Te lo digo por experiencia. Y si no sabes de que te estoy hablando, entonces, deberías darte la vuelta ahora mismo.
Lo sé, es terrible. Por eso me escondo, lo oculto. Que pensarían si me vieran haciendo tal aberración. Quién se lo podría imaginar. Quién me podría comprender. Quien me podría aceptar, quién me podría no juzgar.
Nadie. Es imposible. Es de esas cosas que solo te atreves a hacer cuando tienes la certeza de que nadie te ve, cuando tienes la puerta cerrada, con el pestillo echado, y estás solo en casa. Porque de otra manera, si te pillaran, sería demasiado vergonzoso. Es algo tan deleznable, que ni siquiera lo dices en alto, porque si te lo callas, parece menos real, parece que no existe, que no ocurre, que no pasa. Solo oírlo, aunque sea de tu propia voz, te ruborizaria, y te asquearía. Pero en el silencio, en la oscuridad, se hace más llevadero, se diluye. Parece que si no lo dices, nunca ha pasado.
Y piensas, que quizás, si lo dejás ahí mucho tiempo, un día, por arte de magia, dejará de ser real de verdad. Desaparecerá. Se te olvidará. Y dejarás de hacerlo. Y dejarás de atormentarte por ello.
Pero nada más lejos de la realidad. Es como meterse completamente debajo de las sábanas cuando creemos que hay un monstruo en la habitación. Es como montar una fiesta de máscaras habiendo un asesino en serie suelto por el típico instituto americano de las pelis. Es algo como eso. Es algo ridículo. Solo que en este caso, es peor. En este caso, el monstruo, es de verdad. En este caso existe. Y, si le das la espalda, te aseguro, que te comerá.
Te lo digo por experiencia. Y si no sabes de que te estoy hablando, entonces, deberías darte la vuelta ahora mismo.
lunes, 19 de abril de 2010
"Te quiero"
El amor duele porque la gente no sabe lo que es. Y como la gente no sabe lo que es, no sabe cuando quiere, o cuando deja de querer. Y se rompen expectativas, y se acaba mintiendo sin querer, y al final, todo malo. Todo, por no identificarlo.
Y se nota fijándose en los momentos en los que lo expresan. En los momentos en los que se dice el tan tópico "Te quiero". Tan sencillo, y tan mal dicho. Y es que no solo es tópica la expresión en si, si no que las situaciones en las que se presenta lo son aun más, y se convierte en algo desdibujado e irreal.
Está muy bien decir "Te quiero" en cada mensajito bonito que escribes. Esta bien decirlo dando un paseo un dia soleado de verano por el Retiro justo después de haberla dado un beso en los labios. Esta bien decirselo mientras, después de una noche romántica, la desnudas, descubriendo cada milímetro de esa piel blanca que temes como el primer día y que solo te sientes capaz de recorrer con una suavidad y adoración estrictas que unicamente se dedican a las cosas más bonitas. Esta bien decirla un "Te quiero" cuando, después de veinte minutos de más, la ves aparecer, resplandeciente, desentonando con cada rostro común y simple que sale del metro, y con una sonrisa dedicada que da sentido a los veinte minutos de más, y a los 20 años que llevas de vida. Está bien decir "Te quiero" antes, durante, y despues de un polvo de esos de los que incluso son capaces de darle una trascendencia que no se merece a aquella cancion de Alejandro Sanz donde cantaba eso de "es una experiencia religiosa".
Decir "Te quiero" en esas ocasiones, esta bien. Esta bien, pero es facil. Y lo fácil, no vale mucho.
Di "Te quiero" después de un punto y seguido en forma de portazo. Dilo en esos malos días suyos en los que la mandarías a tomar por culo por no hacerte ni caso. Dilo cuando te grita defendiendo una causa irremediablemente equívoca y defendida sin razón alguna. Diselo cuando te deja con el calentón porque ella decide cuando sí, y cuando no. Diselo cuando te ofende por no saber apreciar ese detalle que con tanto esmero habías encontrado para ella. Diselo cuando a ella se le olvida decirtelo.
Diselo, diselo con cada detalle y con cada gesto que de ella quieres, cumpla o no los ideales que se supone tiene que cumplir siempre. Diselo así, porque, decirlo cuando un puñado de hormonas recorre nuestro cuerpo, nos encoge el corazón, y nos corta la respiración...Lo hace cualquiera. Y tu, lo que quieres decirla, no es solo que la quieres, sino que la quieres como nadie puede hacerlo.
PD: En primera persona hubiera quedado mejor, pero tengo cierta tendencia a hacer ensayos a lo filosofico, algun dia lo cambiaré...
Y se nota fijándose en los momentos en los que lo expresan. En los momentos en los que se dice el tan tópico "Te quiero". Tan sencillo, y tan mal dicho. Y es que no solo es tópica la expresión en si, si no que las situaciones en las que se presenta lo son aun más, y se convierte en algo desdibujado e irreal.
Está muy bien decir "Te quiero" en cada mensajito bonito que escribes. Esta bien decirlo dando un paseo un dia soleado de verano por el Retiro justo después de haberla dado un beso en los labios. Esta bien decirselo mientras, después de una noche romántica, la desnudas, descubriendo cada milímetro de esa piel blanca que temes como el primer día y que solo te sientes capaz de recorrer con una suavidad y adoración estrictas que unicamente se dedican a las cosas más bonitas. Esta bien decirla un "Te quiero" cuando, después de veinte minutos de más, la ves aparecer, resplandeciente, desentonando con cada rostro común y simple que sale del metro, y con una sonrisa dedicada que da sentido a los veinte minutos de más, y a los 20 años que llevas de vida. Está bien decir "Te quiero" antes, durante, y despues de un polvo de esos de los que incluso son capaces de darle una trascendencia que no se merece a aquella cancion de Alejandro Sanz donde cantaba eso de "es una experiencia religiosa".
Decir "Te quiero" en esas ocasiones, esta bien. Esta bien, pero es facil. Y lo fácil, no vale mucho.
Di "Te quiero" después de un punto y seguido en forma de portazo. Dilo en esos malos días suyos en los que la mandarías a tomar por culo por no hacerte ni caso. Dilo cuando te grita defendiendo una causa irremediablemente equívoca y defendida sin razón alguna. Diselo cuando te deja con el calentón porque ella decide cuando sí, y cuando no. Diselo cuando te ofende por no saber apreciar ese detalle que con tanto esmero habías encontrado para ella. Diselo cuando a ella se le olvida decirtelo.
Diselo, diselo con cada detalle y con cada gesto que de ella quieres, cumpla o no los ideales que se supone tiene que cumplir siempre. Diselo así, porque, decirlo cuando un puñado de hormonas recorre nuestro cuerpo, nos encoge el corazón, y nos corta la respiración...Lo hace cualquiera. Y tu, lo que quieres decirla, no es solo que la quieres, sino que la quieres como nadie puede hacerlo.
PD: En primera persona hubiera quedado mejor, pero tengo cierta tendencia a hacer ensayos a lo filosofico, algun dia lo cambiaré...
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